jueves, 23 de junio de 2011

Muchas veces, incontables veces, he sido Eduardo y Gerardo. Ok.
También Sebastián, Luis y Drappo. Boludez máxima de un profesor, ósmosis y transferencia de personalidad respectivamente, ponele.
Una vez fui Adgardo. Error de tipeo, seguro.
Y hoy fui Efgar, escrito a mano, grande y en imprenta mayúscula.

—¿Cómo te llamás?
—Edgardo.
—... ¿Cómo?
—EDGARDO.

Acto seguido, tiene el tupé de escribir EFGAR en el envase.

No sé. Por lo pronto decidí que me voy a empezar a llamar Juan o Pablo o Pedro. O llevaré un distintivo con mi nombre a todas partes, como cuando iba al jardín de infantes.

Que alguien me explique, por favor, porque yo ya no entiendo.
 

3 comentarios:

Agustín dijo...

Creo que el anacronismo de tu nombre los confunde.

Aníbal Jaisért dijo...

Si te sirve de consuelo a mí me han escrito Hannibal, Hanival, Anival e incluso una vez, en un documento oficial, Almícar. Deberíamos acostumbrarnos como los angloparlantes, que suelen deletrear su nombre.

Un saludo

Rodrigo dijo...

Me pasa lo mismo con el apellido. Inexplicablemente la gente se complica con lo simple.
Soluciones posibles:
1) Apodo que nada tenga que ver con el nombre.
2) Nombre que te guste.
3) Distintivo con tu nombre. Aunque si el contacto con la gente no es personal jamás podrán verlo.
Sugiero la opción 1 :)